En uno de los pasukim
más desgarradores de la Torá, los espías regresan de explorar la Tierra
Prometida con un informe demoledor. No solo describen una tierra fértil y
poderosa, sino también a sus habitantes como gigantes, imposibles de vencer. Y
entonces llega una frase que lo dice todo:
“Mientras estábamos
allí, vimos a los titanes. Eran hijos del gigante, que descendían de los
titanes [originales]. ¡Nos sentimos como minúsculos saltamontes! ¡Eso es todo
lo que éramos a los ojos de ellos!”. (Bamidbar 13:33)
Este versículo revela
más que un simple reporte militar: expone una crisis de identidad.
Los espías no fueron
derrotados por los enemigos, sino por la forma en que se vieron a sí mismos.
Los sabios se detienen
especialmente en la segunda mitad del versículo: “Y así les parecíamos
también a ellos.”
¿Acaso los espías
sabían cómo los percibían los gigantes? ¿Tuvieron una conversación con ellos?
La respuesta es no.
Esta afirmación no surge de la realidad externa, sino de una proyección
interna. Ellos se sentían pequeños, y asumieron que los demás también los veían
así.
Este mecanismo
psicológico sigue vigente: lo que creemos que los demás piensan de nosotros,
muchas veces no es más que un reflejo de nuestras propias inseguridades. No es
una verdad objetiva, es una construcción subjetiva que termina condicionando
nuestras acciones.
La generación del
desierto había salido de la esclavitud, pero aún llevaba dentro una mentalidad
de esclavos. El miedo, la desconfianza, el trauma del sometimiento, todo eso
pesaba más que la promesa divina.
No se trataba solo de entrar a la tierra: se trataba de estar a la altura del
sueño. Y para eso, hacía falta algo más que coraje militar —hacía falta dignidad
interna.
El pueblo no fracasó
por falta de fuerza, sino por falta de fe en sí mismo. Cuando uno se ve como un
saltamontes, el mundo entero se vuelve montaña.
Este texto milenario
sigue siendo brutalmente actual.
En un mundo que constantemente nos compara, nos mide, nos exige, ¿cómo nos
estamos viendo?
¿Nos vemos como capaces, valiosos, portadores de una misión?
¿O seguimos creyendo que los otros son siempre más grandes, más sabios, más
dignos?
Este versículo no es
solo una advertencia; es una invitación. A mirarnos con más compasión. A
reconocernos como protagonistas, no como espectadores.
A recordar que no estamos solos: que lo divino no solo promete, sino que camina
con nosotros.
La parashá Shlaj
nos enseña que los mayores obstáculos no están en la tierra que se conquista,
sino en la mirada que proyectamos sobre nosotros mismos.
Quiera D´s que a partir
de este Shabat dejemos de vernos como "saltamontes", y podamos
empezar a caminar con la estatura de quienes saben que tienen un propósito.
Shabat Shalom!
Lucas Fisbein
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