lunes, 22 de diciembre de 2014

Vaigash

Llega el momento de Yosef de revelar su identidad a sus hermanos. Lo más común hubiera sido presentarse como “Yo soy el que ustedes tiraron al pozo” o “Yo soy el que alejaron de mi padre por 22 años”.

Increíblemente las palabras fueron “Yo soy Yosef, ¿vive aún mi padre?”.

El Talmud (Sotá 10) nos enseña que “es preferible ser consumido por las llamas, antes que avergonzar a otra persona en público”.

Yosef con estas palabras está perdonando a sus hermanos pero a la vez les está transmitiendo su dolor por haber sido alejado de su padre.

Los está reprendiendo pero de una manera que no los avergüenza públicamente.

Para llegar a este momento tuvo que inventar que su hermano menor Binyamin había robado y escuchar de sus otros hermanos lo que le causaría a su padre “perder” otro hijo.

A veces realizamos actos o decimos palabras bajo la influencia de nuestros sentimientos y no medimos las consecuencias. Lo que sentimos puede cambiar pero lo que hicimos o dijimos no.

Los celos de los once hermanos causaron que Yosef estuviera veintidós años alejado de su padre. Los celos al pasar tanto tiempo desaparecieron, lo que le sucedió a Yosef a raíz de eso, no.

Debemos para estos casos guiarnos por la cabeza y no por el corazón. Ser más racionales y menos pasionales. Si Dios nos hubiera querido robots, no nos hubiera dado la capacidad de pensar.

A pesar de sus años de destierro Yosef no avergüenza a sus hermanos. Sólo se muestra tal cual es. “Yo soy Yosef”.

Después viene el reencuentro con su padre quien le dice que ya está listo para morir. Su misión, la de ser el padre de las 12 tribus, estaba concluida.

Tampoco reprendió a sus hijos por haberlo alejado de Yosef.

Recordemos las acciones de Yosef y Yaakov. Si tenemos que reprender a alguien hagámoslo en privado. Seamos racionales. Lo que tenemos que decir es lo mismo tanto en público como en privado. No vaya a ser que nos consuman las llamas pudiéndolo haber evitado.

Shabat Shalom


Lucas Fisbein

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