martes, 26 de diciembre de 2017

Vaiejí

“Que Dios te haga como a Efraim y a Menashé” (Bereshit 20:48). Para quien tiene hijos varones está bendición es repetida prácticamente de memoria.

¿Por qué mencionamos a estos dos hermanos en lugar de decir el nombre de nuestros Patriarcas? ¿Qué hace que sean tan importantes para figurar en una de las bendiciones más bellas que tenemos?

Para entenderlo hay tres aspectos fundamentales:

En primer lugar, ellos fueron los primeros hermanos que menciona la Torá que no tuvieron conflictos entre ellos. Desde Cain y Abel, Esav y Yaakov, Yosef y sus hermanos, entre Efraim y Menashé pareciera que no hay peleas.

En segundo lugar, al vivir en Egipto estaban sumergidos dentro de esa cultura. Más allá de lo que podamos creer se mantuvieron fieles a las creencias que su padre, Yosef, les enseño. No se asimilaron.

Y, por último, recordemos que el ser humano es el único ser vivo que reconoce el vínculo más allá de sus hijos, es decir que el amor va más allá de una sola generación.

Entonces podemos comprender que Yaakov conoce a sus nietos (segunda generación), invierte sus manos para bendecirlos (porque no hay conflicto ni celos entre ellos) y los bendice (porque creen en Di-s).

Uno siempre es feliz cuando ve a sus hijos crecer pero que más bello hay que ver a los nietos seguir el camino de nuestras tradiciones. Sembramos semillas para que los frutos salgan buenos y a su vez puedan dar nuevas semillas. Que Di-s nos de siempre la posibilidad de ver madurar los frutos de esta segunda siembra.

El Rey David nos recita en el Salmo 133 “Mirad cuán bueno y cuán agradable es que los hermanos habiten juntos en armonía”.

Y yo me pregunto, en este mundo lleno de odio al semejante, en donde peleamos más por nuestras diferencias en vez de intentar ahondar en nuestras coincidencias, en donde por pensar distinto podes correr la peor de las suertes, y el amor entre hermanos parece haber quedado en una utopía, ¿por qué no somos un poco más tolerantes?

Si dos hermanos pudieron sobrellevar todas las dificultades y se mantuvieron unidos y sin peleas en ambiente que les era hóstil, ¿por qué no podemos replicar su conducta?

Que seamos como Efraim y Menashé, no sólo con nuestros hermanos sanguíneos, sino con todo el Pueblo de Israel y, si no es mucho pedir, también con toda la humanidad.

Shabat Shalom


Lucas Fisbein

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