“Que Dios te haga como a Efraim y a Menashé”
(Bereshit 20:48). Para quien tiene hijos varones está bendición es repetida
prácticamente de memoria.
¿Por qué mencionamos a estos dos hermanos
en lugar de decir el nombre de nuestros Patriarcas? ¿Qué hace que sean tan
importantes para figurar en una de las bendiciones más bellas que tenemos?
Para entenderlo hay tres aspectos
fundamentales:
En primer lugar, ellos fueron los primeros
hermanos que menciona la Torá que no tuvieron conflictos entre ellos. Desde
Cain y Abel, Esav y Yaakov, Yosef y sus hermanos, entre Efraim y Menashé pareciera
que no hay peleas.
En segundo lugar, al vivir en Egipto
estaban sumergidos dentro de esa cultura. Más allá de lo que podamos creer se
mantuvieron fieles a las creencias que su padre, Yosef, les enseño. No se
asimilaron.
Y, por último, recordemos que el ser humano
es el único ser vivo que reconoce el vínculo más allá de sus hijos, es decir
que el amor va más allá de una sola generación.
Entonces podemos comprender que Yaakov
conoce a sus nietos (segunda generación), invierte sus manos para bendecirlos
(porque no hay conflicto ni celos entre ellos) y los bendice (porque creen en
Di-s).
Uno siempre es feliz cuando ve a sus hijos
crecer pero que más bello hay que ver a los nietos seguir el camino de nuestras
tradiciones. Sembramos semillas para que los frutos salgan buenos y a su vez
puedan dar nuevas semillas. Que Di-s nos de siempre la posibilidad de ver
madurar los frutos de esta segunda siembra.
El Rey David nos recita en el Salmo 133 “Mirad
cuán bueno y cuán agradable es que los hermanos habiten juntos en
armonía”.
Y yo me pregunto, en este mundo lleno de
odio al semejante, en donde peleamos más por nuestras diferencias en vez de
intentar ahondar en nuestras coincidencias, en donde por pensar distinto podes
correr la peor de las suertes, y el amor entre hermanos parece haber quedado en
una utopía, ¿por qué no somos un poco más tolerantes?
Si dos hermanos pudieron sobrellevar todas
las dificultades y se mantuvieron unidos y sin peleas en ambiente que les era
hóstil, ¿por qué no podemos replicar su conducta?
Que seamos como Efraim y Menashé, no sólo
con nuestros hermanos sanguíneos, sino con todo el Pueblo de Israel y, si no es
mucho pedir, también con toda la humanidad.
Shabat Shalom
Lucas Fisbein
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