En Parashat Ekev, Moshé recuerda al pueblo que la Tierra de Israel no es como Egipto: “Es por lo tanto una tierra constantemente bajo la vigilancia de D´s tu Señor; los ojos de D´s tu Señor están sobre ella siempre, desde el comienzo del año hasta el final del año.” (Devarim 11:12). Antes de conquistarla, el pueblo debía conocer sus límites. No sólo físicos, sino espirituales: el límite que separa lo santo de lo profano, lo propio de lo ajeno, lo eterno de lo pasajero. En el mapa, los límites definen soberanía; en el alma, los límites definen identidad.
El sionismo, antes que
un movimiento político, es una reafirmación milenaria: esta tierra es nuestra
herencia y nuestra responsabilidad. No porque lo diga un organismo
internacional del siglo XX, sino porque lo afirma una Torá que nos formó como
pueblo (Bereshit 15:18; Bamidbar 34:1-12). Ceder esos límites no
es un acto diplomático: es ceder parte de nuestro ser, es olvidar que la tierra
de Israel no nos pertenece por conquista humana, sino por promesa divina.
La parashá también nos
recuerda las consecuencias de olvidar esa conexión. Moshé revive uno de los
episodios más dolorosos de nuestro nacimiento como nación: el becerro de oro (Devarim
9:16; Shemot 32:1-6). No fue sólo idolatría; fue la sustitución de lo
eterno por lo inmediato, de la presencia de D´s por una creación propia que
diera seguridad momentánea.
Hoy, no levantamos
becerros de oro, pero hemos fabricado algo igual de destructivo: el “becerro de
odio”. No hecho de metal, sino de palabras, ideologías y actos. Judíos que, en
vez de defender a su pueblo, lo acusan. Que, en vez de proteger Israel, se convierten
en altavoces de quienes buscan su destrucción. Que justifican el terror o
niegan la legitimidad del único Estado judío del mundo.
Este fenómeno no es
nuevo. También en el desierto hubo quienes, desde dentro, debilitaban al pueblo
con quejas, divisiones y miedo. Entonces se necesitó que la tribu de Leví se
pusiera de pie y dijera: “¿Quién está con D´s? ¡Conmigo!” (Shemot
32:26-28). Hoy se necesita el mismo coraje para enfrentar el odio interno que
nace de la confusión, de la vergüenza o del deseo de encajar en un mundo que
nos quiere sin raíces.
Los límites geográficos
que la Torá detalla (Devarim 11:24) son también límites de compromiso.
Son la línea que nos recuerda que hay valores, verdades y herencias que no se
negocian. Cuando se borran esos límites, ya no importa cuánta tierra tengamos:
estamos perdiendo la esencia.
En tiempos donde muchos
quieren desdibujar nuestras fronteras —físicas y morales—, Ekev nos
advierte: “Cuídate de no olvidar a D´s tu Señor, no cumpliendo Sus
mandamientos, decretos y leyes, que te prescribo hoy.” (Devarim
8:1). No es un contrato temporal, es una alianza eterna. Una alianza que exige
memoria, firmeza y amor.
Porque si en el
desierto aprendimos que un pueblo sin dirección puede inventar un ídolo para
adorar, en nuestra generación debemos aprender que un pueblo sin orgullo por su
identidad puede terminar adorando narrativas ajenas que lo destruyen. El
desafío es grande: defender la tierra, pero también el alma.
Quiera D´s que sepamos
cuidar nuestros límites con amor, defender a nuestro pueblo con firmeza, y
nunca levantar ídolos de odio que nos alejen de nuestra propia herencia. Quiera
D´s que seamos como Iehoshúa y Caleb, que frente al miedo dijeron: “Subamos
y heredemos la tierra, porque podemos conquistarla” (Bamidbar
13:30), y que nunca falte en nuestros labios la certeza de que Israel es, y
será siempre, el corazón eterno de nuestro pueblo.
Shabat Shalom!
Lucas Fisbein
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