En la parashá de esta
semana encontramos un pasuk que impacta profundamente. Dice la Torá en Devarim
13:6: “Y ese profeta o soñador de sueños deberá morir, porque habló rebelión
contra D´s el Señor de ustedes…”. A primera vista sorprende la dureza de
esta orden. ¿Por qué tanta severidad? No se trata de un asesino ni de un
soldado enemigo. No levantó un arma ni derramó sangre. Lo único que hizo fue
hablar, presentar un discurso, compartir un sueño. Y, sin embargo, la Torá lo
considera un peligro tan grande que debe ser eliminado.
La respuesta está en
que las palabras, cuando son manipuladas, tienen un poder destructor enorme. El
falso profeta no mata con cuchillos ni con espadas, pero sí hiere el alma del
pueblo. Con palabras bonitas y sueños engañosos logra que la gente dude, que se
confunda, que se aleje del camino de D´s. Y cuando el vínculo con el Creador se
debilita, toda la estructura moral de la sociedad se tambalea. El falso profeta
siembra en el corazón de las personas la semilla de la idolatría, del engaño,
de una vida sin dirección. Y de esa semilla brota finalmente violencia,
corrupción y pérdida de valores.
Esto no es solo
historia antigua. En nuestros días seguimos viendo falsos profetas disfrazados
de líderes, de ideólogos, de revolucionarios. Personas que dicen tener una
visión, que presentan un discurso de justicia, de grandeza o de redención, pero
cuyo verdadero objetivo es sembrar miedo, odio y destrucción. El terrorismo
moderno es la mejor comparación: detrás de su lenguaje de “causa” y
“resistencia” lo único que se esconde es fanatismo e idolatría. Idolatría no
necesariamente de estatuas, sino de ideologías absolutas que convierten el odio
en religión y la violencia en misión.
El falso profeta de la
Torá y el terrorista contemporáneo se parecen más de lo que pensamos. Ambos
buscan manipular las emociones, ambos reclaman fidelidad ciega, ambos llaman a
sacrificar vidas humanas en nombre de un dios falso o de una idea falsa. Y por
eso la Torá es tan contundente: no escuchar, no ceder, no dejar que su voz gane
terreno en nuestros corazones.
La enseñanza es clara.
Frente a quienes destruyen con palabras y con bombas, nuestra respuesta no
puede ser solo militar o de seguridad. La respuesta más profunda y más poderosa
es espiritual y moral. El pueblo de Israel siempre respondió de la misma
manera: con más vida, con más luz, con más fe. Cada Shabat que celebramos, cada
vela que se enciende en los hogares judíos, cada palabra de Torá que se
estudia, cada acto de tzedaká y de jesed, es nuestra forma de
derrotar al falso profeta y al terrorista. Ellos buscan oscuridad, nosotros
encendemos luz. Ellos buscan miedo, nosotros proclamamos esperanza. Ellos
proclaman muerte, nosotros santificamos la vida.
El desafío no es solo
identificar a los falsos profetas y terroristas externos, sino también vigilar
que no aparezcan dentro de nosotros voces internas que nos quieren desviar, que
nos susurran “no vale la pena”, que nos empujan a alejarnos de D´s y de
nuestras raíces. La lucha es también interna, en el corazón de cada uno, para
elegir siempre la fidelidad a la vida y a la verdad.
Así como la Torá nos
llama a tener claridad moral frente al falso profeta, también hoy debemos tener
claridad frente a las ideologías que justifican el terror, la corrupción o la
deshumanización. Y la manera de mantener esa claridad es aferrándonos al Shabat,
a la Torá, a los valores eternos que nos enseñan a distinguir entre lo
verdadero y lo falso, entre lo que da vida y lo que destruye.
Quiera D´s que sepamos
siempre reconocer a los falsos profetas de nuestro tiempo, que tengamos la
fortaleza de no dejarnos seducir por discursos que prometen grandeza, pero
siembran destrucción, y que seamos capaces de responder al odio con más fe, más
amor y más mitzvot. Quiera D´s que pronto veamos un mundo en el que las voces
del fanatismo y del terror sean acalladas, y en su lugar reine la voz de la
verdad, la justicia y la paz. Y que podamos vivir, junto con todo Am Israel y
todas las naciones, en un mundo lleno de vida, de esperanza y de paz.
Shabat Shalom!
Lucas Fisbein
No hay comentarios:
Publicar un comentario