Parashat Vaetjanan nos deja muchas enseñanzas profundas, y entre ellas hay un pasuk que resuena con especial fuerza — no sólo como advertencia, sino como un llamado urgente a la acción:
“Cuando tengan hijos y
nietos, y hayan estado establecidos en la tierra durante un largo tiempo,
podrían entrar en decadencia y hacer una estatua de alguna imagen, cometiendo
un acto perverso a los ojos de Adona-i su D´s y haciéndoLo enojar.”
(Devarim 4:25)
Este pasuk describe un
peligro espiritual muy real: cuando la espiritualidad no se transmite de forma
viva, consciente y activa, desaparece, se debilita o, peor aún, se desvirtúa.
Lo interesante es que la Torá no habla directamente a los hijos, no les dice a
ellos que tengan cuidado. Les habla a los adultos, a nosotros. A los
padres, a los abuelos, a los líderes, a los que tenemos la experiencia, el
conocimiento y la memoria histórica. Nos dice: “Cuando tú tengas hijos y
nietos…” — tú, el que hoy está en el centro de la cadena, tenés una
responsabilidad con los que vienen después.
Rashi explica que este
pasuk se refiere a una generación que ya está asentada, cómoda, segura en su
tierra. Una generación que ya no lucha por su identidad, porque siente que ya
lo tiene todo asegurado. Pero en esa misma comodidad aparece un nuevo tipo de
peligro: el olvido. El enfriamiento. El dejar que las cosas sigan por inercia.
Las mitzvot se hacen por costumbre. El Shabat se vuelve mecánico. Y el alma
judía empieza a apagarse lentamente, sin que nadie se dé cuenta.
El Midrash Sifrei nos
explica que nadie cae en idolatría de un día para el otro. Es un proceso lento.
Primero se debilita el estudio de Torá. Luego se empieza a cumplir sin
entender. Después se cuestionan los valores sin tener herramientas para
responder. Y al final, se reemplaza a D´s por “otras cosas”. No siempre es una
estatua literal, como en la antigüedad. Hoy las “imágenes” que adoramos pueden
ser el éxito material, la fama, la tecnología, el yo. Pero el resultado es el
mismo: una desconexión profunda de nuestras raíces.
Y todo eso empieza con
una omisión: no enseñar. Porque la transmisión no es automática. No se hereda.
No es suficiente con tener una casa kasher o con mandar a los hijos a una
escuela judía. Hay que transmitir con convicción, con emoción, con diálogo. Hay
que explicar el por qué, no sólo el qué.
Por eso la Torá, en el
mismo capítulo, unos versículos antes, nos da la solución: “Guárdate y cuida
tu alma mucho, para no olvidar… y las enseñarás a tus hijos y a tus nietos.”
Esa es la clave:
enseñar. Y no sólo con libros o clases, sino con el ejemplo vivo, con la
alegría con que se encienden las velas, con el entusiasmo de un Shabat bien
vivido, con la paciencia para responder preguntas, incluso difíciles. Porque si
no lo hacemos nosotros, alguien más lo hará. Y ese alguien — sea un influencer,
una pantalla, una ideología ajena — no necesariamente va a transmitir nuestros
valores.
Esto es algo que no
puede recaer sólo sobre los padres. La responsabilidad es comunitaria. Todos
nosotros — rabinos, educadores, dirigentes, vecinos, amigos — participamos en
el ambiente que educa. Cada palabra que decimos, cada gesto, cada respuesta, puede
ser una chispa que enciende el corazón de un joven. O puede ser un portazo que
lo aleja.
El pasuk termina
diciendo que este alejamiento provoca enojo a D´s. Pero no se trata de un enojo
frío, judicial. Es el dolor del Padre que ve cómo Sus hijos se pierden, no por
rebelión, sino por desconexión. Como dice el Midrash Tanjuma: “Una
generación que no transmite la Torá, es como si hubiera destruido el mundo”.
Es fuerte. Pero es verdad. Porque cuando se corta la cadena, todo lo que
nuestros ancestros construyeron con lágrimas y fe… se deshace en silencio.
Hoy más que nunca, este
mensaje es urgente. Estamos en una época donde muchas familias viven con
comodidad, con acceso a estudios, con paz. Pero también con una desconexión
creciente. Vemos familias que en una generación respetaban nuestras costumbres,
y en la siguiente… nada. Y no por rechazo, sino por falta de transmisión
auténtica. Pero también, gracias a D´s, vemos lo contrario: hogares donde se
vive el judaísmo con amor, donde se enseña, se canta, se discute, se celebra. Y
allí las raíces crecen fuertes.
La pregunta que cada
uno de nosotros debe hacerse hoy no es solamente: “¿Qué judaísmo practico?”,
sino: “¿Qué judaísmo estoy dejando?” Porque todos somos un eslabón en
una cadena milenaria. Y ese eslabón puede ser el que une, o el que corta.
Quiera D´s que seamos
una generación que no sólo cumple, sino que inspira. Que no sólo recuerda, sino
que enseña. Que no sólo sostiene el judaísmo, sino que lo transmite con pasión
y sentido. Y que nuestros hijos y nietos puedan decir: “Gracias a mis
padres, gracias a mi comunidad, yo sé quién soy.”
Shabat Shalom uMevoraj!
Lucas Fisbein
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