lunes, 4 de agosto de 2025

Vaetjanan 5785

Parashat Vaetjanan nos deja muchas enseñanzas profundas, y entre ellas hay un pasuk que resuena con especial fuerza — no sólo como advertencia, sino como un llamado urgente a la acción:

“Cuando tengan hijos y nietos, y hayan estado establecidos en la tierra durante un largo tiempo, podrían entrar en decadencia y hacer una estatua de alguna imagen, cometiendo un acto perverso a los ojos de Adona-i su D´s y haciéndoLo enojar.” (Devarim 4:25)

Este pasuk describe un peligro espiritual muy real: cuando la espiritualidad no se transmite de forma viva, consciente y activa, desaparece, se debilita o, peor aún, se desvirtúa. Lo interesante es que la Torá no habla directamente a los hijos, no les dice a ellos que tengan cuidado. Les habla a los adultos, a nosotros. A los padres, a los abuelos, a los líderes, a los que tenemos la experiencia, el conocimiento y la memoria histórica. Nos dice: “Cuando tú tengas hijos y nietos…” — tú, el que hoy está en el centro de la cadena, tenés una responsabilidad con los que vienen después.

Rashi explica que este pasuk se refiere a una generación que ya está asentada, cómoda, segura en su tierra. Una generación que ya no lucha por su identidad, porque siente que ya lo tiene todo asegurado. Pero en esa misma comodidad aparece un nuevo tipo de peligro: el olvido. El enfriamiento. El dejar que las cosas sigan por inercia. Las mitzvot se hacen por costumbre. El Shabat se vuelve mecánico. Y el alma judía empieza a apagarse lentamente, sin que nadie se dé cuenta.

El Midrash Sifrei nos explica que nadie cae en idolatría de un día para el otro. Es un proceso lento. Primero se debilita el estudio de Torá. Luego se empieza a cumplir sin entender. Después se cuestionan los valores sin tener herramientas para responder. Y al final, se reemplaza a D´s por “otras cosas”. No siempre es una estatua literal, como en la antigüedad. Hoy las “imágenes” que adoramos pueden ser el éxito material, la fama, la tecnología, el yo. Pero el resultado es el mismo: una desconexión profunda de nuestras raíces.

Y todo eso empieza con una omisión: no enseñar. Porque la transmisión no es automática. No se hereda. No es suficiente con tener una casa kasher o con mandar a los hijos a una escuela judía. Hay que transmitir con convicción, con emoción, con diálogo. Hay que explicar el por qué, no sólo el qué.

Por eso la Torá, en el mismo capítulo, unos versículos antes, nos da la solución: “Guárdate y cuida tu alma mucho, para no olvidar… y las enseñarás a tus hijos y a tus nietos.”

Esa es la clave: enseñar. Y no sólo con libros o clases, sino con el ejemplo vivo, con la alegría con que se encienden las velas, con el entusiasmo de un Shabat bien vivido, con la paciencia para responder preguntas, incluso difíciles. Porque si no lo hacemos nosotros, alguien más lo hará. Y ese alguien — sea un influencer, una pantalla, una ideología ajena — no necesariamente va a transmitir nuestros valores.

Esto es algo que no puede recaer sólo sobre los padres. La responsabilidad es comunitaria. Todos nosotros — rabinos, educadores, dirigentes, vecinos, amigos — participamos en el ambiente que educa. Cada palabra que decimos, cada gesto, cada respuesta, puede ser una chispa que enciende el corazón de un joven. O puede ser un portazo que lo aleja.

El pasuk termina diciendo que este alejamiento provoca enojo a D´s. Pero no se trata de un enojo frío, judicial. Es el dolor del Padre que ve cómo Sus hijos se pierden, no por rebelión, sino por desconexión. Como dice el Midrash Tanjuma: “Una generación que no transmite la Torá, es como si hubiera destruido el mundo”. Es fuerte. Pero es verdad. Porque cuando se corta la cadena, todo lo que nuestros ancestros construyeron con lágrimas y fe… se deshace en silencio.

Hoy más que nunca, este mensaje es urgente. Estamos en una época donde muchas familias viven con comodidad, con acceso a estudios, con paz. Pero también con una desconexión creciente. Vemos familias que en una generación respetaban nuestras costumbres, y en la siguiente… nada. Y no por rechazo, sino por falta de transmisión auténtica. Pero también, gracias a D´s, vemos lo contrario: hogares donde se vive el judaísmo con amor, donde se enseña, se canta, se discute, se celebra. Y allí las raíces crecen fuertes.

La pregunta que cada uno de nosotros debe hacerse hoy no es solamente: “¿Qué judaísmo practico?”, sino: “¿Qué judaísmo estoy dejando?” Porque todos somos un eslabón en una cadena milenaria. Y ese eslabón puede ser el que une, o el que corta.

Quiera D´s que seamos una generación que no sólo cumple, sino que inspira. Que no sólo recuerda, sino que enseña. Que no sólo sostiene el judaísmo, sino que lo transmite con pasión y sentido. Y que nuestros hijos y nietos puedan decir: “Gracias a mis padres, gracias a mi comunidad, yo sé quién soy.”

Shabat Shalom uMevoraj!

Lucas Fisbein

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