A lo largo de nuestra
historia Dios nos ha puesto a prueba constantemente que apreciemos el valor de
lo que tenemos. Y no sólo en lo material sino espiritualmente también.
En esta Parashá tenemos al
Pueblo de Israel partiendo de Egipto y al ver que Paró con sus tropas los
perseguían, Datán y Avirám le reclamaron a Moshé el haberlos llevado al
desierto para morir cuando en Mitzraim tenían tumbas suficientes.
Es contradictorio ver que
después de haber visto el milagro de las diez plagas y que sólo atacaron al
pueblo egipcio, nuestro pueblo dudara del plan de Dios.
Dios nos hizo a su imagen y
semejanza. No nos hizo iguales. Por eso a cada paso que damos queremos dar uno
más. No nos conformamos y vamos hacia adelante hasta que tenemos el primer
fracaso. Cuando chocamos contra una situación adversa inmediatamente queremos
estar como antes. No vemos la acción divina omnipresente en cada acto.
Luego Dios realiza el
milagro de la apertura del Mar Rojo. Se elaboraron miles de teorías para
intentar explicar de manera “lógica” este corredor seco, pero ¿acaso importa?
Lo importante es que el Pueblo de Israel escapó definitivamente de las fauces
de Paró. Cruzamos la frontera de Mitzraim hacia la libertad. Si el mar de abrió
porque en cierta época del año bajan las aguas, si fue porque el viento sopló
muy fuerte, eso no importa. El mundo fue creado por Dios. Todo lo que suceda
tiene su sello.
Tal fue la alegría que Moshé
y el Pueblo entonaron un cántico que fue el preludio del camino hacia la
libertad. Libertad que se encontraba en la Tierra de Israel y fue hacia allí
donde Moshé dirigió a nuestro Pueblo.
Shabat Shalom
Lucas Fisbein
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