En la Parashá anterior vimos siete plagas en Egipto.
Ahora vienen las tres restantes.
La octava plaga fueron las langostas. Las langostas
comieron todo el cultivo que quedó luego de la destrucción del granizo. Los
Egipcios tenían grandes canales de riego que eran admirables y servían a la
agricultura. Esto destruyó una parte importante de su poderío.
Paró continuó inmutable.
La novena plaga fue la oscuridad. Los Egipcios
adoraban al sol y el no poder verlo debilitaría sus creencias. A esta altura
todos le reclamaban a Paró que deje ir a los esclavos pero él seguía firme en su
posición.
La décima plaga fue la muerte de cada primogénito que
haya en Egipto, salvo los hijos de las familias del Pueblo de Israel. ¿Por qué
salió entonces en el medio de la noche Paró buscando a Moshé y Aaron para
decirle que se vayan, que el Pueblo era libre de irse?
Porque Paró también era primogénito. Pero no un
descendiente de su dios, como él decía, sino que era de carne y hueso. De haber
muerto Paró, el reinado de los faraones en Egipto hubiera sucumbido. El plan de
Dios fue excelente. Hizo que Paró temiera de sí mismo.
Y por fin la esclavitud pasaba a ser parte del pasado.
El Pueblo de Israel estaba listo para recibir sus primeras
mitzvot.
Empezamos con el primer mes del año, seguimos con el
cordero pascual. Los siete días que dura Pesaj serán de descanso y no se comerá
jametz.
El Pueblo de Israel empezaba a transitar el camino de
las mitzvot. El camino que los llevaría a la Tierra de Israel. Pero hubo
contratiempos y revelaciones importantes. Lo que leeremos en la Torá a partir de
ahora atestigua todo ello.
Shabat Shalom
Lucas Fisbein
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