martes, 21 de noviembre de 2017

Vaietzé

El amor de Yaakov por Rajel no tenía límites. Estaba perdidamente enamorado de ella. Y si bien la costumbre en aquellos días era que el hijo mayor se casara con una hija mayor el texto nos dice: “Yaakov se había enamorado de Rajel. “Trabajaré para ti siete años por Rajel, tu hija menor”, dijo”. (Bereshit 29:18).

“Yaakov trabajó siete años por Rajel. Pero la amaba tanto que pareció como no más que algunos días”. (Bereshit 29:20). Cuando uno ama lo que hace la noción del tiempo desaparece y los días parecen segundos. Para entenderlo mejor situémonos en una fiesta aburrida, el tiempo no pasa más y miramos el reloj para ver cuando termina. Si esa fiesta es divertida nos la pasamos bailando y disfrutando y cuando miramos la hora ya es el final.

Esto es seguramente lo que le pasó a Yaakov. Disfrutó tanto de saber que iba a casarse con Rajel que fue como si agarrara el Delorean de Volver al Futuro y saltara siete años en el tiempo.

Pero Labán, que lo único blanco que tenía era el nombre, iba a intentar de cualquier manera casar a Lea para seguir las costumbres de esa época. ““¡En nuestra tierra es algo que sencillamente no se hace! –respondió Laván–. [Nunca] damos en matrimonio una hija menor antes que la primogénita.” (Bereshit 29:26)

Y acá surge un interrogante ¿por mantener las costumbres y por el miedo al qué dirán vamos a dejar de lado la felicidad de nuestros hijos? ¿hasta cuándo fingir por costumbres para complacer al exterior sin mirar dentro de nuestras paredes?

Rajel sospechaba de las intenciones de su padre. Por eso es que idea un plan de contraseñas y palabras para que Yaakov reconozca que es ella quien está detrás del velo.
Pero a la vez y por miedo a que su hermana Lea sea “avergonzada” por no casarse antes que ella le dice las contraseñas para que se las diga a Yaakov en el momento indicado.

El matrimonio se lleva a cabo y tal como pensaba Rajel, Labán le exige que Lea tome su lugar. Yaakov se da cuenta recién cuando Lea ya era su esposa y en vez de enfurecerse y avergonzar tanto a su suegro como a su legítima esposa, promete trabajar siete años más para lograr su unión con Rajel.

Yaakov no podía quejarse mucho por el engaño que había sufrido. Recordemos que en la parasha anterior él había engañado a su padre para obtener la primogenitura sobre su hermano Esav.

La enseñanza de Rajel de no avergonzar en público a un ser querido es lo que permitió desarrollar el árbol de la vida de nuestro pueblo. La semilla la sembró Abraham, el tallo y las ramas Itzjak y los frutos de los cuales alimentamos nuestro espíritu vienen de Yaakov.

Yaakov trabajó otros siete años para quedarse con Rajel. Y al final logró su cometido. “De este modo, [Iaakov] también se casó con Rajel, y amó a Rajel más que a Lea. Trabajó para [Laván] otros siete años” (Bereshit 29:30).

Yaakov pudo obtener lo que deseaba que era Rajel. Tuvo que adaptarse a la tradición. Podemos discutir hasta el infinito si está bien o está mal.

¿Existen tradiciones que están bien y otras que están mal? ¿Cuáles tomar para uno y cuáles descartar? La respuesta es compleja y sencilla a la vez: si nos hacen bien las tomamos, si nos hacen mal, ¿para qué hacerlas?

Lo mejor en estos casos es modernizar las costumbres para no quedar arcaicos en el tiempo. Si la raíz está firme por más viento que intente derribar el árbol éste crecerá fuerte.
Marshall Meyer predicaba que “En una mano tienen que tener la Torá y, en la otra, el diario.

En el Kabalat Shabat seguimos nuestras costumbres y lo modernizamos agregándole melodías. ¿Nunca se te había ocurrido? Veni a disfrutarlo en Comunidad. Para la tradición estás cumpliendo las mitzvot (preceptos); para el diario de hoy estás celebrando un Shabat diferente.

¿Qué estás esperando?

Shabat Shalom


Lucas Fisbein

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