El
amor de Yaakov por Rajel no tenía límites. Estaba perdidamente enamorado de
ella. Y si bien la costumbre en aquellos días era que el hijo mayor se casara
con una hija mayor el texto nos dice: “Yaakov se había enamorado de Rajel.
“Trabajaré para ti siete años por Rajel, tu hija menor”, dijo”.
(Bereshit 29:18).
“Yaakov
trabajó siete años por Rajel. Pero la amaba tanto que pareció como no más que
algunos días”. (Bereshit 29:20). Cuando uno ama lo que hace la noción
del tiempo desaparece y los días parecen segundos. Para entenderlo mejor
situémonos en una fiesta aburrida, el tiempo no pasa más y miramos el reloj
para ver cuando termina. Si esa fiesta es divertida nos la pasamos bailando y
disfrutando y cuando miramos la hora ya es el final.
Esto
es seguramente lo que le pasó a Yaakov. Disfrutó tanto de saber que iba a
casarse con Rajel que fue como si agarrara el Delorean de Volver al Futuro y saltara
siete años en el tiempo.
Pero
Labán, que lo único blanco que tenía era el nombre, iba a intentar de cualquier
manera casar a Lea para seguir las costumbres de esa época. ““¡En nuestra
tierra es algo que sencillamente no se hace! –respondió Laván–. [Nunca] damos
en matrimonio una hija menor antes que la primogénita.” (Bereshit 29:26)
Y
acá surge un interrogante ¿por mantener las costumbres y por el miedo al qué
dirán vamos a dejar de lado la felicidad de nuestros hijos? ¿hasta cuándo
fingir por costumbres para complacer al exterior sin mirar dentro de nuestras
paredes?
Rajel
sospechaba de las intenciones de su padre. Por eso es que idea un plan de
contraseñas y palabras para que Yaakov reconozca que es ella quien está detrás
del velo.
Pero
a la vez y por miedo a que su hermana Lea sea “avergonzada” por no casarse
antes que ella le dice las contraseñas para que se las diga a Yaakov en el
momento indicado.
El matrimonio
se lleva a cabo y tal como pensaba Rajel, Labán le exige que Lea tome su lugar.
Yaakov se da cuenta recién cuando Lea ya era su esposa y en vez de enfurecerse
y avergonzar tanto a su suegro como a su legítima esposa, promete trabajar
siete años más para lograr su unión con Rajel.
Yaakov no
podía quejarse mucho por el engaño que había sufrido. Recordemos que en la
parasha anterior él había engañado a su padre para obtener la primogenitura
sobre su hermano Esav.
La enseñanza
de Rajel de no avergonzar en público a un ser querido es lo que permitió
desarrollar el árbol de la vida de nuestro pueblo. La semilla la sembró
Abraham, el tallo y las ramas Itzjak y los frutos de los cuales alimentamos
nuestro espíritu vienen de Yaakov.
Yaakov
trabajó otros siete años para quedarse con Rajel. Y al final logró su cometido.
“De este modo, [Iaakov] también se casó con Rajel, y
amó a Rajel más que a Lea. Trabajó para [Laván] otros siete años” (Bereshit
29:30).
Yaakov
pudo obtener lo que deseaba que era Rajel. Tuvo que adaptarse a la tradición.
Podemos discutir hasta el infinito si está bien o está mal.
¿Existen
tradiciones que están bien y otras que están mal? ¿Cuáles tomar para uno y cuáles
descartar? La respuesta es compleja y sencilla a la vez: si nos hacen bien las
tomamos, si nos hacen mal, ¿para qué hacerlas?
Lo
mejor en estos casos es modernizar las costumbres para no quedar arcaicos en el
tiempo. Si la raíz está firme por más viento que intente derribar el árbol éste
crecerá fuerte.
Marshall
Meyer predicaba que “En una mano
tienen que tener la Torá y, en la otra, el diario”.
En
el Kabalat Shabat seguimos nuestras costumbres y lo modernizamos agregándole
melodías. ¿Nunca se te había ocurrido? Veni a disfrutarlo en Comunidad. Para la
tradición estás cumpliendo las mitzvot (preceptos); para el diario de hoy estás
celebrando un Shabat diferente.
¿Qué
estás esperando?
Shabat
Shalom
Lucas
Fisbein
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