Comenzamos el último libro de la Torá
e inmediatamente notamos una narración completamente distinta a los cuatro
predecesores: “Éstas son las palabras que Moshé le habló a todo
Israel” (Devarim 1:1).
No figura “Di-s le habló a Moshé”
sino que el relato está en primera persona. Es el relato de Moshé, de lo que él
vivió y sintió. Por eso el nombre de este libro, en español, es Deuteronomio:
La segunda ley.
Pero no segunda ley en detrimento de
la primera, sino como recordatorio y enseñanza. La ley había sido entregada en
el Sinaí y ahora era escuchada por una generación distinta. Por una generación
que vagó cuarenta años antes que Di-s le permitiera entrar a la Tierra “[que] juró que les daría a sus padres, Abraham, Itzjak y Yaakov, y a sus
descendientes después de ellos”. (Devarim 1:8)
Y no son pocos los descendientes.
Para graficarlo Moshé dice “Di-s su Señor ha acrecentado sus números hasta que
son [ahora] tantos como las estrellas del cielo.”
(Devarim 1:10).
Si bien sabemos que el número de
estrellas es infinito, lo que se nos quiere enseñar es que cada judío brilla
con luz propia. Así también como se dice que cada estrella es el centro de una
galaxia nosotros somos el centro de nuestro propio sistema solar. Al formar
nuestras familias damos nuestra luz y nuestro calor como un sol, como una
estrella.
Y al ser estrellas estamos inmersos
en el universo que lo representa Di-s.
Nunca sabremos si puede haber universo
sin estrellas, pero es seguro que no puede haber estrellas sin universo. No
podríamos existir sin la presencia de Di-s.
Y las estrellas se encuentran
separadas pero vistas desde lejos forman constelaciones. Las constelaciones
podrían representar nuestras kehilot.
Y las estrellas también se encuentran
separadas como estamos nosotros dispersos en el mundo.
No es en vano esta comparación como
tampoco otras que ha habido en los libros anteriores donde hemos sido como la
arena del mar.
Pero ¿era necesario hacer las
comparaciones? ¿No erá más fácil decirlo directamente?
Si Di-s nos hubiera entregado la Torá
con un texto de manera sencilla seríamos unos tontos que repetiríamos de
memoria cada pasuk (versículo). La mejor manera de entender sus palabras es por
medio de la comparación.
¿Por qué?
Porque no necesitamos intermediarios
para comprenderlas. En el judaísmo la relación del hombre con Di-s es de manera
directa y privada. Por eso la comprensión de la Torá es subjetiva, por eso la
comparación: para que podamos tener una idea en nuestra mente de lo que el
texto quiere mostrar. Para que brillemos con luz propia al
intentar entender las palabras.
Por eso Di-s no nos dice “van a ser
un pueblo numeroso de tanta cantidad de habitantes”. Al contrario, nos enfoca
en las estrellas porque para cada uno tiene un número distinto.
Igualmente seamos muchos, muchísimos
o un montón, debemos seguir brillando. Di-s nos entregó la Torá, cuya raíz es
la palabra “Or”: luz.
La luz brilla en la oscuridad. El
Pueblo de Israel brilla. Tiene luz propia y es una luz para todas las naciones
del mundo.
Y en constelaciones brillamos más. Te
invito a la mía para santificar juntos el Shabat y brillar más fuertes que
nunca.
Shabat Shalom
Lucas Fisbein
No hay comentarios:
Publicar un comentario