martes, 31 de julio de 2018

Ekev


“Entonces es posible que comas y estés satisfecho, construyendo buenas casas y viviendo en ellas” (Deuteronomio 8:12)

“Es posible que tus manadas y rebaños se acrecienten, y amases mucha plata y oro: es posible que todo lo que poseas se acreciente” (Deuteronomio 8:13)

“Pero entonces tu corazón puede volverse altivo, y olvides a Dios tu Señor, El Que te sacó de la casa de esclavos que era Egipto” (Deuteronomio 8:14)

La arrogancia humana en su mayor expresión. Nos creemos que podemos llevarnos el mundo por delante cuando nos va bien y cuando las cosas salen mal volvemos con el “rabo entre las patas” a pedirle a Di-s que se acuerde de nosotros.

Sí. Que se acuerde de nosotros, como si de Él dependiera nuestra desdicha. Somos nosotros quienes con nuestras actitudes alejamos Su presencia. Nos va bien, tenemos buen pasar económico, casa en el country para el fin de semana, y otros tantos lujos que nos hacen olvidar por ejemplo al Shabat. No vamos a perder el tiempo haciendo Tefilá si podemos estar tirados panza arriba en el club.

Pero llegan los Iamin Noraim y ahí estamos donando unos billetes como si el recuerdo de Di-s tuviera un valor monetario. Como si olvidarlo el resto de los días pueda ser tapado por las necesidades financieras de nuestras kehilot.

Y ni contar si mandamos a pedir Refúa Shlemá por nuestros enfermos, porque ni siquiera tenemos tiempo de ir nosotros. Vemos a nuestros rabanim nombrar una lista interminable de personas cuando deberíamos estar ahí para que Di-s escuche nuestra plegaria.

Cuando nos va bien en los negocios o logramos un avance importante somos unos genios, tuvimos una suerte bárbara y viento en popa, pero cuando estamos de últimas a punto de perder el trabajo, nuestra salud está deteriorada o algún deseo no se cumple, lo primero que nos viene a la cabeza es “Di-s ayúdame”. Ahí sí nos acordamos de Él.

¿Y por qué es que olvidamos a Di-s en esos momentos en que todo está bien?

Porque la Shejiná es impalpable. Si tuviéramos a Di-s en forma física y material seguramente nos pegaría una cachetada cada vez que nos olvidáramos de Él. Di-s no hace que las cosas empiecen a irnos mal. Es nuestro inconsciente el que nos lleva a esas situaciones por ser desagradecidos.

Di-s, al habernos hecho a su imagen y semejanza, nos hizo dadores. Por consiguiente, debemos ser dadores de gracias. Debemos recordar que fue Él quien nos entregó la Torá no solo a nosotros sino también a los conversos.

Por eso en la misma Parashá se nos dice “Ustedes también deben mostrar amor hacia el extranjero, puesto que fueron extranjeros en la tierra de Egipto”. (Deuteronomio 10:19).

El extranjero es el converso. Es alguien que dejó de lado su hogar para ir hacia otro.

Pero ¿era necesario que se nos obligue a amar al converso?

Desde un punto de vista espiritual el converso es como un niño recién nacido. Sólo el amor de sus padres y parientes pueden hacerlo crecer bien. El converso es alguien que dejó de lado sus anteriores creencias para reconocer a Di-s como fuente única de la Creación.

En la Torá, las mitzvot relativas al amor, se refieren a amar a Di-s y a los conversos, pero no así a nuestros padres. Di-s quiere demostrarnos que el amor hacia nuestros padres es algo innato, pero hacia Él o los conversos no.

Tenemos que aprender ser agradecidos con Di-s aun cuando nuestra panza este llena o cuando haya muchas cifras en nuestra cuenta bancaria.

En aquellos días de esclavitud en Egipto tuvimos hambre y no tuvimos dinero para comprar nuestra libertad. Fuimos extranjeros y sólo el amor de Di-s nos salvó.

Un Iehudí siempre debe ser humilde ante Di-s. Debe reconocer su grandeza y amarlo por fue Él quien nos permitió llegar hasta nuestros días.

La humildad no es vivir arrodillado y dándole gracias a Di-s en todo momento. Es saber dónde estamos, de dónde venimos y a dónde vamos, y por sobre todas las cosas, tomarse unos momentos cada día para agradecer porque estamos.

Sé que es difícil… pero, gracias a Di-s, no imposible.

Shabat Shalom

Lucas Fisbein

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