“Entonces es
posible que comas y estés satisfecho, construyendo buenas casas y viviendo en
ellas” (Deuteronomio 8:12)
“Es posible que
tus manadas y rebaños se acrecienten, y amases mucha plata y oro: es posible
que todo lo que poseas se acreciente” (Deuteronomio 8:13)
“Pero entonces tu
corazón puede volverse altivo, y olvides a Dios tu Señor, El Que te sacó de la
casa de esclavos que era Egipto” (Deuteronomio 8:14)
La arrogancia humana en su mayor
expresión. Nos creemos que podemos llevarnos el mundo por delante cuando nos va
bien y cuando las cosas salen mal volvemos con el “rabo entre las patas” a
pedirle a Di-s que se acuerde de
nosotros.
Sí. Que se acuerde de nosotros, como si de Él dependiera nuestra desdicha.
Somos nosotros quienes con nuestras actitudes alejamos Su presencia. Nos va
bien, tenemos buen pasar económico, casa en el country para el fin de semana, y otros tantos lujos que nos hacen
olvidar por ejemplo al Shabat. No vamos a perder el tiempo haciendo Tefilá si
podemos estar tirados panza arriba en el club.
Pero llegan los Iamin Noraim y ahí
estamos donando unos billetes como si el recuerdo de Di-s tuviera un valor
monetario. Como si olvidarlo el resto de los días pueda ser tapado por las
necesidades financieras de nuestras kehilot.
Y ni contar si mandamos a pedir Refúa
Shlemá por nuestros enfermos, porque ni siquiera tenemos tiempo de ir nosotros.
Vemos a nuestros rabanim nombrar una lista interminable de personas cuando
deberíamos estar ahí para que Di-s escuche nuestra plegaria.
Cuando nos va bien en los negocios
o logramos un avance importante somos unos genios, tuvimos una suerte bárbara y
viento en popa, pero cuando estamos de últimas a punto de perder el trabajo,
nuestra salud está deteriorada o algún deseo no se cumple, lo primero que nos
viene a la cabeza es “Di-s ayúdame”. Ahí sí nos acordamos de Él.
¿Y por qué es que olvidamos a Di-s
en esos momentos en que todo está bien?
Porque la Shejiná es impalpable.
Si tuviéramos a Di-s en forma física y material seguramente nos pegaría una
cachetada cada vez que nos olvidáramos de Él. Di-s no hace que las cosas
empiecen a irnos mal. Es nuestro inconsciente el que nos lleva a esas
situaciones por ser desagradecidos.
Di-s, al habernos hecho a su
imagen y semejanza, nos hizo dadores. Por consiguiente, debemos ser dadores de
gracias. Debemos recordar que fue Él quien nos entregó la Torá no solo a
nosotros sino también a los conversos.
Por eso en la misma Parashá se nos
dice “Ustedes también deben mostrar amor hacia el extranjero, puesto que fueron
extranjeros en la tierra de Egipto”. (Deuteronomio 10:19).
El extranjero es el converso. Es alguien que dejó
de lado su hogar para ir hacia otro.
Pero ¿era necesario que se nos
obligue a amar al converso?
Desde un punto de vista espiritual
el converso es como un niño recién nacido. Sólo el amor de sus padres y
parientes pueden hacerlo crecer bien. El converso es alguien que dejó de lado
sus anteriores creencias para reconocer a Di-s como fuente única de la
Creación.
En la Torá, las mitzvot relativas
al amor, se refieren a amar a Di-s y a los conversos, pero no así a nuestros
padres. Di-s quiere demostrarnos que el amor hacia nuestros padres es algo innato,
pero hacia Él o los conversos no.
Tenemos que aprender ser
agradecidos con Di-s aun cuando nuestra panza este llena o cuando haya muchas
cifras en nuestra cuenta bancaria.
En aquellos días de esclavitud en
Egipto tuvimos hambre y no tuvimos dinero para comprar nuestra libertad. Fuimos
extranjeros y sólo el amor de Di-s nos salvó.
Un Iehudí siempre debe ser humilde
ante Di-s. Debe reconocer su grandeza y amarlo por fue Él quien nos permitió
llegar hasta nuestros días.
La humildad no es vivir arrodillado y dándole
gracias a Di-s en todo momento. Es saber dónde estamos, de dónde venimos y a dónde
vamos, y por sobre todas las cosas, tomarse unos momentos cada día para agradecer
porque estamos.
Sé que es difícil… pero, gracias a Di-s, no imposible.
Shabat Shalom
Lucas Fisbein
No hay comentarios:
Publicar un comentario