Cada vez que leo sobre la
Akedat Itzjak me pregunto si realmente estaba en la decisión de D´s que Abraham
sacrificara a su hijo. Y akedat muchas veces es mal traducido como sacrificio
cuando en realidad es atadura.
Y si bien nosotros no atamos a
nuestros hijos ni los sacrificamos textualmente hablando, ¿cuántas veces con
nuestras actitudes estamos privándoles de su futuro? ¿Cuán egoístas somos para
no ver a través de sus ojos?
Vivimos en un mundo
competitivo donde lo material domina nuestros impulsos y nos lleva a querer
cada día más. ¿Para qué? ¿Acaso llevamos las riquezas bajo tierra? ¿O somos tan
poco inteligentes que decimos que es para nuestros hijos? ¿Subestimamos así su
capacidad para que logren sus objetivos?
Les damos todos los gustos,
los llenamos de tecnología, tablets, computadoras, smartphones. Todo para que
ellos estén ocupados en un mundo virtual porque en el real no les damos cabida.
“Itzjak
le habló a Abraham. “Padre”” (Vaierá 22:7). Una sola palabra. Un llamado
a su progenitor. Una búsqueda de respuestas ante una situación que lo
incomodaba.
Ahora
bien, ¿qué hacemos nosotros cuando nuestros hijos vienen a preguntarnos algo?
¿Dejamos de hacer lo que estamos haciendo y prestamos atención a lo que ellos
nos demandan? No seamos hipócritas de decir sí de una sólo para quedar bien con
el resto de la gente. Pongámonos una mano en el corazón y seamos sinceros. “Ahora
no puedo”, “estoy ocupado”, y tantas otras frases son las que en la mayoría de
los casos respondemos sin siquiera mirarlos.
“Heme
aquí, hijo mío” (Vaierá 22:7).
Nada
más que decir. Con esas palabras Abraham nos enseña cómo debemos ser con
nuestros hijos. ¿Somos padres presentes? ¿Estamos para prestarle atención?
Si
la respuesta es negativa, en cierta forma los estamos matando. Estamos matando
su nexo con nosotros, estamos atándolos a una línea de conducta. Aunque no
siempre sea visible nuestros hijos siguen nuestros ejemplos.
Abraham
tuvo un ángel que lo detuvo. Nosotros no.
Sin
darnos cuenta estamos sacrificando a nuestros hijos. La atadura es invisible,
pero duele.
Porque
una vez que el daño está hecho es irreversible.
Sin
diálogo no se pueden forjar relaciones duraderas. Y ese diálogo tiene que ser
presencial. La tecnología es buena, pero en exceso provoca mucho daño. Un
abrazo no puede ser reemplazado por un emoji.
Cuando
se rompe el vínculo es muy difícil que pueda recomponerse.
Entonces
estemos cuando nos lo piden porque en el futuro cuando queramos estar
seguramente será demasiado tarde.
Shabat
Shalom
Lucas
Fisbein
No hay comentarios:
Publicar un comentario