lunes, 22 de octubre de 2018

Vaierá 5779


Cada vez que leo sobre la Akedat Itzjak me pregunto si realmente estaba en la decisión de D´s que Abraham sacrificara a su hijo. Y akedat muchas veces es mal traducido como sacrificio cuando en realidad es atadura.

Y si bien nosotros no atamos a nuestros hijos ni los sacrificamos textualmente hablando, ¿cuántas veces con nuestras actitudes estamos privándoles de su futuro? ¿Cuán egoístas somos para no ver a través de sus ojos?

Vivimos en un mundo competitivo donde lo material domina nuestros impulsos y nos lleva a querer cada día más. ¿Para qué? ¿Acaso llevamos las riquezas bajo tierra? ¿O somos tan poco inteligentes que decimos que es para nuestros hijos? ¿Subestimamos así su capacidad para que logren sus objetivos?

Les damos todos los gustos, los llenamos de tecnología, tablets, computadoras, smartphones. Todo para que ellos estén ocupados en un mundo virtual porque en el real no les damos cabida.

“Itzjak le habló a Abraham. “Padre”” (Vaierá 22:7). Una sola palabra. Un llamado a su progenitor. Una búsqueda de respuestas ante una situación que lo incomodaba.

Ahora bien, ¿qué hacemos nosotros cuando nuestros hijos vienen a preguntarnos algo? ¿Dejamos de hacer lo que estamos haciendo y prestamos atención a lo que ellos nos demandan? No seamos hipócritas de decir sí de una sólo para quedar bien con el resto de la gente. Pongámonos una mano en el corazón y seamos sinceros. “Ahora no puedo”, “estoy ocupado”, y tantas otras frases son las que en la mayoría de los casos respondemos sin siquiera mirarlos.

“Heme aquí, hijo mío” (Vaierá 22:7).

Nada más que decir. Con esas palabras Abraham nos enseña cómo debemos ser con nuestros hijos. ¿Somos padres presentes? ¿Estamos para prestarle atención?

Si la respuesta es negativa, en cierta forma los estamos matando. Estamos matando su nexo con nosotros, estamos atándolos a una línea de conducta. Aunque no siempre sea visible nuestros hijos siguen nuestros ejemplos.

Abraham tuvo un ángel que lo detuvo. Nosotros no.

Sin darnos cuenta estamos sacrificando a nuestros hijos. La atadura es invisible, pero duele.

Porque una vez que el daño está hecho es irreversible.

Sin diálogo no se pueden forjar relaciones duraderas. Y ese diálogo tiene que ser presencial. La tecnología es buena, pero en exceso provoca mucho daño. Un abrazo no puede ser reemplazado por un emoji.

Cuando se rompe el vínculo es muy difícil que pueda recomponerse.

Entonces estemos cuando nos lo piden porque en el futuro cuando queramos estar seguramente será demasiado tarde.

Shabat Shalom

Lucas Fisbein

No hay comentarios:

Publicar un comentario